La política la solemos percibir como un tema de tanta complejidad, que muchos decidimos no participar activamente de ella. Es con el tiempo que nos damos cuenta que funciona a la par de la complejidad humana y termina siendo el reflejo de nuestro propio caos.
Pero más allá de eso, entendamos un poco más lo que hay detrás de la polarización que la caracteriza, de qué trata realmente la imposibilidad de tan siquiera poder dialogarla con cordura, mesura y sin anteponernos nosotros por encima de las diferentes ideologías y de sus argumentos.
Todos tenemos alguna historia en la que una conversación sobre un hecho controversial de actualidad fue el detonante de discusiones entre amigos, familiares, u hogares. Y creo que precisamente por el alcance y la dimensión que tiene el tema, merece ser abordado desde un plano mucho más elevado que el que normalmente habita.
¿Por qué al escuchar una opinión políticamente contraria a la nuestra inmediatamente nos sentimos atacados y amenazados?, algo se mueve internamente de manera visceral, incómoda, en algunas ocasiones de manera insoportable, por lo que la reacción inmediata suele ser desmeritar, rechazar, minimizar y casi que dejar de escuchar al otro e incluso, atacar. Hay factores que dificultan aún más, como la forma tan poco pensada que tenemos de comunicarnos, lo cual hace que todo entre aún más “en reversa”. Pero además, creo que puedo señalar unos puntos adicionales que podrían servir a modo de invitación a la reflexión para que indaguemos si cabría la posibilidad de transitar distinto la tolerancia a las posturas ideológicas y políticas opuestas.
La ideología como identidad: cuando pensar se vuelve un acto defensivo
El ataque que sentimos al estar en frente de nuestra posición opuesta puede tener muchas explicaciones, como que en la práctica la política deja de ser “ideas” y se vuelve identidad. Para muchas personas, una postura política no es una opinión, es una extensión del yo.
Elaboramos y atamos nuestra identidad conforme a “x” ideología política, y en el momento en que alguien contradice todo ese espectro con el que nos hemos sobre identificado, básicamente se enciende un instinto por defender esa construcción de identidad que hemos considerado tan nuestra, más no la postura en sí. Y es por eso que solemos tener incapacidad para sostener esas conversaciones desde nuestro centro, respetando los puntos de vista diferentes.
Se convierte en una amenaza a lo que consideremos cierto, a nuestras más fuertes creencias. No practicamos el discernimiento sobre hasta qué punto llega la idea y en cómo esas ideas en realidad no nos definen como personas, sin lograr separar una cosa de la otra.
También la afinidad por determinada postura política suele estar muy condicionada por nuestras experiencias personales, suele venir de nuestra historia, nuestros dolores, situaciones de injusticia, carencia, traumas, etc. Todas ellas con una alta carga emocional que necesitan un sentido que normalmente no lo encontramos dentro de nosotros mismos, buscamos qué de afuera puede explicar nuestra forma de estar en el mundo. Ello termina convirtiéndose en ideología, nuestro dolor se vuelve consigna, nuestra vivencia se vuelve la regla, y pensamos que si eso lo vivimos de esa forma, así funciona el mundo. Podemos llegar a conclusiones del tipo, “la gente es así”, “siempre pasa lo mismo”, “los que piensan distinto son…”, y nada de ello es pensamiento político, es biografía sin procesar. Lo que evitamos mirar en realidad es el propio duelo, nuestra propia responsabilidad, la complejidad del mundo, la diferencia entre mi historia y la realidad. Convertir la experiencia personal en verdad universal nos protege de sentir, pero empobrece la mirada. Y por eso podríamos decir que no defendemos necesariamente ideas, a veces defendemos heridas que aún no sabemos nombrar.
El enemigo como necesidad psicológica
Es difícil además que la conversación pueda sostenerse desde la neutralidad emocional. Requiere más que una creencia u otra, un trabajo interno que muy pocas personas suelen estar dispuestas a hacer y por eso es muy común escuchar más la voz de los más extremistas, algunos desde el más profundo fanatismo, quienes al no estar en contacto con frecuencia con su mundo interno, encuentran en la política el combustible y el canal para externalizar insatisfacciones, frustraciones y dolores, intentando demostrar desde un desenfrenado ego quién tiene la razón y quién no, encarnando una necesidad de imponerse ante el otro.
El fanatismo no permite habitar la política desde la cordura, el razonamiento, la empatía y la argumentación, porque lleva consigo una necesidad psicológica, necesita ubicar al enemigo, caricaturizarlo, entenderlos como contrincantes, de lo contrario, la ideología se cae o pierde peso. Todo esto refuerza la idea de que uno de los dos tiene que tener la razón y si es así, el otro por ende, se equivoca y merece burla, rechazo, humillación, etc. Básicamente entramos a deshumanizar a quien piensa diferente. Por eso la postura extremista está tan alejada de la objetividad y de la capacidad de tratarnos como semejantes.
Cabría la pregunta de si la postura política que hemos elegido busca más “sentirse del lado correcto” que en entender la realidad. A menudo sentimos que solo por pertenecer a determinada postura, de alguna manera somos moralmente superiores de quienes no lo son. Y lo exterioricemos o no, percibimos al opositor como ignorante o malintencionado. Formamos narrativas entorno a lo que significa pertenecer a determinado “bando” y todo lo que contradiga esa narrativa, nuestro inconsciente lo descarta, ni siquiera lo examina ni le abre cabida a la duda.
Le tenemos miedo a la duda, no hemos normalizado cuestionar ideas ni creencias.
Pareciera que cuando el argumento contrario nos lleva a cuestionar algo de nuestra propia narrativa, nos da tanta incomodidad sostener esa duda, que preferimos encontrar la certeza absoluta que la ordena, para así sentir una especie de alivio psicológico y no entrar en la fastidiosa labor de preguntarnos “¿y si… tal vez no sea como lo venía percibiendo”? es como si prefiriéramos una mentira coherente que descubrir una verdad ambigüa. Pero se podría flexibilizar si dejáramos de asociar la duda con debilidad y la pudiéramos observar como signo de madurez.
Paralelamente, pensar críticamente y sobre todo de manera individual exige energía, tiempo y humildad. Someter al escrutinio las creencias a las que vienes aferrado por tal vez años, puede agregar una carga mental que tal vez no estamos dispuestos a llevar a cabo con facilidad. Elegir el fanatismo de un lado u otro puede por así decirlo, ahorrarnos un poco la labor de descifrar qué decido yo en mi más completa autonomía e independencia sostener como filosofía personal. Terminamos delegándole el pensamiento al grupo sea cual sea el bando, repetir las consignas ya existentes termina dando más paz que analizar realidades.
Además, hay un costo social por no alinearnos del todo con ninguna postura. Si no nos identificamos con un extremo u otro, nos sentimos como por fuera de la discusión, del entorno y eso incomoda. El pensamiento independiente es intrínsecamente incomodo por naturaleza. Es como si te excluyera de manera tácita, y tener un propio criterio supondría una valentía que no todo el mundo está dispuesto a sostener.
El acceso a la información no es consciencia
Por otra parte, el acceso creciente a la información en la actualidad ha generado la percepción de saberlo todo. Pero no es así, en realidad, seguimos operando desde nuestra perspectiva tratando de encontrar en ese mundanal de contenido, lo que se alinea con nuestra narrativa interna, lo cual hace que veamos a menudo contenido altamente sesgado. Tener acceso a datos, noticias, redes no garantiza pensamiento crítico, en realidad no estamos digiriendo toda esa información con cautela, ni la sometemos a un proceso de evaluación personal y con criterio. Es más fácil adoptar partido por una postura u otra sin mucho qué refutar, construir, digerir, procesar, cuestionar o replantear. Nos genera más dopamina las opiniones rápidas a veces con pensamientos frágiles, que argumentos de alta densidad a elaborar individualmente. Además, el algoritmo de las redes funciona más como espejo de lo que estamos dispuestos a consumir, más no nos ofrece todas las caras de la información sin sesgo de manera que podamos capturar un horizonte más completo.
Podría ser por nuestra historia humana, propio desarrollo y evolución, que tendemos a buscar más pertenencia, que comprender, a defender y no a cuestionar, a repetir y no a elaborar. Pero creo que si hiciéramos lo contrario, no solo el universo político podría ser más habitable, podría extrapolarse a que las guerras, masacres, y grandes tragedias en la historia, serían amortiguadas en un alcance enorme si entendiéramos lo complejos que somos como seres humanos, y que en la medida en que mirásemos más hacia nosotros mismos y menos hacia afuera, encontraríamos el centro necesario para que volcar en los demás nuestra propia insatisfacción e incongruencia dejara de ser una necesidad que ni siquiera sabemos que nos controla.

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