Déjame contarte por qué en realidad no sabemos qué es el amor.
Lo que veo afuera
En el sentido romántico, o de pareja; veo a muchas de ellas basadas más en una relación contractual que unidas desde el amor genuino. Y esto ocurre porque llevamos cientos de años donde las parejas se unen desde muchos factores distintos al amor. Por búsqueda de protección, de seguridad, de conveniencia económica, de cuidado, de búsqueda de status, para “no sentir que fracasamos en la vida” y por ende para evitar el juicio, entre otros muchos factores. La unión de muchas parejas está constituida en una muy variable gama de razones que distan del amor.
En el ámbito familiar, veo a muchas familias donde reina el irrespeto, la priorización del ego, el control, el orgullo, la envidia, el sarcasmo, la humillación, el maltrato, la violencia (física o psicológica).
En amistades, veo muchas donde parece casi un milagro que una persona pueda alegrarse sinceramente por el éxito de la otra. Hay muchas relaciones “de amistad” cuestionables de que sean genuinas. Relaciones donde hay mucho desbalance entre lo que se entrega y lo que se recibe; donde no hay respeto por la diferencia de pensamiento; donde no se honra la autenticidad de cada uno y se juzga profundamente al otro; y muchas donde una persona constantemente repliega sus necesidades y deseos para ser aceptado por el otro.
En todos estos escenarios, no hay una representación de amor. Son lazos que se sostienen a veces por interés propio, conveniencia, nostalgia, miedo a la soledad, búsqueda de validación, de pertenencia, distracción, o simple costumbre.
Y si en tantos escenarios hay ausencia de amor, entonces ¿qué es el amor?
El amor para mí es una forma de vivir, de sentir, de percibir el mundo. Es entender que toda persona en la tierra es un ser merecedor de respeto, que tiene su historia propia y que no necesita ser entendida ni aceptada por nadie. Es honrar el camino propio y ajeno, sin importar qué tan correcto o bien encaminado nos parezca. Y desde ese entendimiento, el amor es sentir por el otro y por nosotros mismos, una aceptación total de cada parte que ha construido nuestra vida, incluyendo nuestras luces, pero sobre todo nuestras sombras.
Es desearle a cada persona salud, plenitud y felicidad porque todos somos merecedores de ello. Sin importar en lo absoluto el nivel educativo, económico, social, etnia, género, inclinación sexual, etc.
Es entender que nadie es superior a nadie, que todos formamos parte de una misma unidad. Que por más privilegios que podamos tener, en realidad representa responsabilidad humana para retribuir por quien no nació con ellos y hoy enfrenta una vida de más desafíos y retos.
Es entender que quien vive en modo supervivencia no tiene la capacidad de pensar en cómo quisiera vivir, porque toda su energía debe enfocarse en cómo sobrevivir.
Y desde ahí surge un componente que tiene el amor, que es la compasión. Nadie que encarne el amor en su vida, carece de compasión por sí mismo y por los demás.
Como puedes ver, el amor no es estar enamorado, no es conveniencia, no es una relación contractual o transaccional donde yo ofrezco algo y exijo algo, para establecer presencia y unión condicionada.
Y donde al finalizar el vínculo, nos traicionamos y nos damos por la espalda el uno al otro. Eso no se llama amor. Son relaciones que han buscado suplir necesidades muy puntuales que no hemos sabido suplir nosotros mismos, y buscamos a otro para ello.
¿Por qué el amor es tan difícil de encarnarlo y de sentirlo?
Porque no sabemos amarnos a nosotros mismos. Nadie puede dar algo que no sabe darse a sí mismo.
Y, ¿por qué no sabemos amarnos a nosotros mismos?
Porque vivimos en un mundo donde todos vamos caminando con muchas heridas no sanadas, y como le tenemos pánico a ver esas heridas, ellas gobiernan nuestra vida y vivimos hiriendo a los demás sin quererlo, sin saberlo, sin entenderlo.
Por dentro, queremos muchas veces lo mejor para el otro, queremos verlo feliz, pero la conducta y el comportamiento propio se ve limitado por las heridas que cargamos, que nos generan inseguridades, miedos, vacíos, tristezas, y todo ello hace que no seamos capaces de relacionarnos sanamente, no solo con nosotros mismos, sino con los demás.
En otras palabras, nuestras relaciones se ven empañadas por la incapacidad y la negación de primero ver nuestras heridas, aceptarlas, sanarlas, y por ende trascenderlas, integrarlas y no rechazarlas.
Es cuando logramos aceptarnos con toda la complejidad, sin juicio alguno, que logramos tener compasión por nosotros mismos, que podemos sentir eso mismo por los demás y ofrecer amor genuino, no a una pareja, o a un amigo cercano, sino a cada ser con el que te topas en la vida.
Cuando esto realmente se integra en la consciencia, ya no se reacciona desde la herida, se ve al otro como un ser igual a mí, que está atravesando una vida totalmente diferente a la mía y que por eso no hay razón alguna para que pensemos parecido.
Luego, puedes entender que quien te trata mal, no quiere hacerlo, solo sigue gobernado por los dolores que no ha sabido mirar e integrar. Miras al otro con más compasión aún en esos momentos y ya no decides responder y reaccionar con igual carencia de amor, porque sabes que lo que le falta a esa persona es justamente eso. Entonces decides responder con más amor, con más respeto, con más humildad. Tu respuesta a un ataque se convierte en responder con flechas de amor. Lo cual no significa cercanía, se puede discernir y ofrecer distancia desde el amor propio y el respeto por el camino del otro.
Los grandes problemas de nuestras vidas giran alrededor de la ausencia de amor en nuestra vida
Principalmente en la ausencia de amor por nosotros mismos.
Cuando trabajamos en algo que no nos gusta, y no estamos honrando nuestro deseo, nuestra preferencia. No nos estamos amando.
Cuando estamos con una pareja que en realidad no se alinea a lo que queremos y sabemos que no somos felices, no nos estamos amando al permanecer ahí.
Cuando buscamos complacer a los demás, familia, amigos, pareja, traicionando nuestra verdadera elección, no nos estamos amando a nosotros mismos.
Cuando creemos que merecemos menos, cuando aceptamos malos tratos, cuando permanecemos en lugares donde no podemos ser nosotros mismos sin ser juzgados, no nos estamos amando.
Son muchísimos los escenarios que podría ejemplificar, pero cuando empiezas a amarte de verdad, todas las áreas de tu vida empiezan a encaminarse hacia donde tu alma siempre quiso estar. Empieza a haber más paz en tu vida, cada vez menos problemas de toda índole. Empiezas a conocer algo de lo que tanto se habla, pero poco se entiende, que es sentirte pleno. Eso solo ocurre cuando te has respetado, cuando has entendido que cada quien está en su camino y que solo tú puedes saber cuál es el tuyo.
Mi invitación
Es a que cambies la mirada hacia cada ser humano que te topes. No valores a alguien por su nivel económico, o por qué tanto éxito tiene en algo. No lo intentes clasificar, etiquetar, juzgar. Míralo con nobleza, con humildad, con humanidad.
Incluso, a las personas que admiras, pregúntate qué les admiras, para que puedas entender qué es lo que estás priorizando en tu forma de vivir y estar en el mundo, y cuestiones si es así como te gustaría seguirlo haciendo.
Te invito a admirar una persona no por su capacidad de generar riqueza (pues eso lo hace un buen negociante, pero no necesariamente una gran persona), admira una persona por su humanidad, por el tamaño de su corazón, por la capacidad para ser él mismo incluso cuando todo el entorno nos fuerza por no ser auténticos, por tener que encajar. Cambia el lente con el cual ves valor afuera, y así mismo cambiará el lente por el cual te ves a ti mismo.
El amor nace ahí, nace realmente cuando entiendes lo mucho que te expande vivir desde otro ángulo, uno que ya no persigue la aceptación de nadie, porque ya la tienes tú mismo. Y entendemos que ante tanta carencia de amor en el mundo, todos estamos buscando justamente eso, pero sin saber dárnoslo a nosotros mismos y por ende a nadie más.







